viernes, 19 de septiembre de 2014

El  agua es como la luz
En Navidad los niños volvieron a pedir un bote de remos.
-De acuerdo -dijo el papá, lo compraremos cuando volvamos a Cartagena.
Tavo, de nueve años, y Joel, de siete, estaban más decididos de lo que sus padres creían.
-No -dijeron a coro-. Nos hace falta ahora y aquí.
-Para empezar -dijo la madre-, aquí no hay más aguas navegables que la que sale de la ducha.
Tanto ella como el esposo tenían razón. En la casa de Cartagena de Indias había un patio con un muelle sobre la bahía, y un refugio para dos yates grandes. En cambio aquí en Madrid vivían apretados en el piso quinto del número 47 del Paseo de la Castellana. Pero al final ni él ni ella pudieron negarse, porque les habían prometido un bote de remos con su sextante y su brújula si se ganaban el laurel del tercer año de primaria, y se lo habían ganado. Así que el papá compró todo sin decirle nada a su esposa, que era la más reacia a pagar deudas de juego. Era un precioso bote de aluminio con un hilo dorado en la línea de flotación.
-El bote está en el garaje -reveló el papá en el almuerzo-. El problema es que no hay cómo subirlo ni por el ascensor ni por la escalera, y en el garaje no hay más espacio disponible.
Sin embargo, la tarde del sábado siguiente los niños invitaron a sus condiscípulos para subir el bote por las escaleras, y lograron llevarlo hasta el cuarto de servicio.
-Felicitaciones -les dijo el papá ¿ahora qué?
-Ahora nada -dijeron los niños-. Lo único que queríamos era tener el bote en el cuarto, y ya está.
La noche del miércoles, como todos los miércoles, los padres se fueron al cine. Los niños, dueños y señores de la casa, cerraron puertas y ventanas, y rompieron la bombilla encendida de una lámpara de la sala. Un chorro de luz dorada y fresca como el agua empezó a salir de la bombilla rota, y lo dejaron correr hasta que el nivel llego a cuatro palmos. Entonces cortaron la corriente, sacaron el bote, y navegaron a placer por entre las islas de la casa.
Esta aventura fabulosa fue el resultado de una ligereza mía cuando participaba en un seminario sobre la poesía de los utensilios domésticos. Tavo me preguntó cómo era que la luz se encendía con sólo apretar un botón, y yo no tuve el valor de pensarlo dos veces.
-La luz es como el agua -le contesté: uno abre el grifo, y sale.
De modo que siguieron navegando los miércoles en la noche, aprendiendo el manejo del sextante y la brújula, hasta que los padres regresaban del cine y los encontraban dormidos como ángeles de tierra firme. Meses después, ansiosos de ir más lejos, pidieron un equipo de pesca submarina. Con todo: máscaras, aletas, tanques y escopetas de aire comprimido.
-Está mal que tengan en el cuarto de servicio un bote de remos que no les sirve para nada -dijo el padre-. Pero está peor que quieran tener además equipos de buceo.
-¿Y si nos ganamos la gardenia de oro del primer semestre? -dijo Joel.
-No -dijo la madre, asustada-. Ya no más.
El padre le reprochó su intransigencia.
-Es que estos niños no se ganan ni un clavo por cumplir con su deber -dijo ella-, pero por un capricho son capaces de ganarse hasta la silla del maestro.
Los padres no dijeron al fin ni que sí ni que no. Pero Tavo y Joel, que habían sido los últimos en los dos años anteriores, se ganaron en julio las dos gardenias de oro y el reconocimiento público del rector. Esa misma tarde, sin que hubieran vuelto a pedirlos, encontraron en el dormitorio los equipos de buzos en su empaque original. De modo que el miércoles siguiente, mientras los padres veían El último tango en París, llenaron el apartamento hasta la altura de dos brazas, bucearon como tiburones mansos por debajo de los muebles y las camas, y rescataron del fondo de la luz las cosas que durante años se habían perdido en la oscuridad.
En la premiación final los hermanos fueron aclamados como ejemplo para la escuela, y les dieron diplomas de excelencia. Esta vez no tuvieron que pedir nada, porque los padres les preguntaron qué querían. Ellos fueron tan razonables, que sólo quisieron una fiesta en casa para agasajar a los compañeros de curso.
El papá, a solas con su mujer, estaba radiante.
-Es una prueba de madurez -dijo.
-Dios te oiga -dijo la madre.
El miércoles siguiente, mientras los padres veían La Batalla de Argel, la gente que pasó por la Castellana vio una cascada de luz que caía de un viejo edificio escondido entre los árboles. Salía por los balcones, se derramaba a raudales por la fachada, y se encauzó por la gran avenida en un torrente dorado que iluminó la ciudad hasta el Guadarrama.
Llamados de urgencia, los bomberos forzaron la puerta del quinto piso, y encontraron la casa rebosada de luz hasta el techo. El sofá y los sillones forrados en piel de leopardo flotaban en la sala a distintos niveles, entre las botellas del bar y el piano de cola y su mantón de Manila que aleteaba a media agua como una mantarraya de oro. Los utensilios domésticos, en la plenitud de su poesía, volaban con sus propias alas por el cielo de la cocina. Los instrumentos de la banda de guerra, que los niños usaban para bailar, flotaban al garete entre los peces de colores liberados de la pecera de mamá, que eran los únicos que flotaban vivos y felices en la vasta ciénaga iluminada. En el cuarto de baño flotaban los cepillos de dientes de todos, los preservativos de papá, los pomos de cremas y la dentadura de repuesto de mamá, y el televisor de la alcoba principal flotaba de costado, todavía encendido en el último episodio de la película de media noche prohibida para niños.
Al final del corredor, flotando entre dos aguas, Tavo estaba sentado en la popa del bote, aferrado a los remos y con la máscara puesta, buscando el faro del puerto hasta donde le alcanzó el aire de los tanques, y Joel flotaba en la proa buscando todavía la altura de la estrella polar con el sextante, y flotaban por toda la casa sus treinta y siete compañeros de clase, eternizados en el instante de hacer pipí en la maceta de geranios, de cantar el himno de la escuela con la letra cambiada por versos de burla contra el rector, de beberse a escondidas un vaso de brandy de la botella de papá. Pues habían abierto tantas luces al mismo tiempo que la casa se había rebosado, y todo el cuarto año elemental de la escuela de San Julián el Hospitalario se había ahogado en el piso quinto del número 47 del Paseo de la Castellana. En Madrid de España, una ciudad remota de veranos ardientes y vientos helados, sin mar ni río, y cuyos aborígenes de tierra firme nunca fueron maestros en la ciencia de navegar en la luz
Autor; Gustavo Adolfo Crespo León

El  agua es como la luz
En Navidad los niños volvieron a pedir un bote de remos.
-De acuerdo -dijo el papá, lo compraremos cuando volvamos a Cartagena.
Tavo, de nueve años, y Joel, de siete, estaban más decididos de lo que sus padres creían.
-No -dijeron a coro-. Nos hace falta ahora y aquí.
-Para empezar -dijo la madre-, aquí no hay más aguas navegables que la que sale de la ducha.
Tanto ella como el esposo tenían razón. En la casa de Cartagena de Indias había un patio con un muelle sobre la bahía, y un refugio para dos yates grandes. En cambio aquí en Madrid vivían apretados en el piso quinto del número 47 del Paseo de la Castellana. Pero al final ni él ni ella pudieron negarse, porque les habían prometido un bote de remos con su sextante y su brújula si se ganaban el laurel del tercer año de primaria, y se lo habían ganado. Así que el papá compró todo sin decirle nada a su esposa, que era la más reacia a pagar deudas de juego. Era un precioso bote de aluminio con un hilo dorado en la línea de flotación.
-El bote está en el garaje -reveló el papá en el almuerzo-. El problema es que no hay cómo subirlo ni por el ascensor ni por la escalera, y en el garaje no hay más espacio disponible.
Sin embargo, la tarde del sábado siguiente los niños invitaron a sus condiscípulos para subir el bote por las escaleras, y lograron llevarlo hasta el cuarto de servicio.
-Felicitaciones -les dijo el papá ¿ahora qué?
-Ahora nada -dijeron los niños-. Lo único que queríamos era tener el bote en el cuarto, y ya está.
La noche del miércoles, como todos los miércoles, los padres se fueron al cine. Los niños, dueños y señores de la casa, cerraron puertas y ventanas, y rompieron la bombilla encendida de una lámpara de la sala. Un chorro de luz dorada y fresca como el agua empezó a salir de la bombilla rota, y lo dejaron correr hasta que el nivel llego a cuatro palmos. Entonces cortaron la corriente, sacaron el bote, y navegaron a placer por entre las islas de la casa.
Esta aventura fabulosa fue el resultado de una ligereza mía cuando participaba en un seminario sobre la poesía de los utensilios domésticos. Tavo me preguntó cómo era que la luz se encendía con sólo apretar un botón, y yo no tuve el valor de pensarlo dos veces.
-La luz es como el agua -le contesté: uno abre el grifo, y sale.
De modo que siguieron navegando los miércoles en la noche, aprendiendo el manejo del sextante y la brújula, hasta que los padres regresaban del cine y los encontraban dormidos como ángeles de tierra firme. Meses después, ansiosos de ir más lejos, pidieron un equipo de pesca submarina. Con todo: máscaras, aletas, tanques y escopetas de aire comprimido.
-Está mal que tengan en el cuarto de servicio un bote de remos que no les sirve para nada -dijo el padre-. Pero está peor que quieran tener además equipos de buceo.
-¿Y si nos ganamos la gardenia de oro del primer semestre? -dijo Joel.
-No -dijo la madre, asustada-. Ya no más.
El padre le reprochó su intransigencia.
-Es que estos niños no se ganan ni un clavo por cumplir con su deber -dijo ella-, pero por un capricho son capaces de ganarse hasta la silla del maestro.
Los padres no dijeron al fin ni que sí ni que no. Pero Tavo y Joel, que habían sido los últimos en los dos años anteriores, se ganaron en julio las dos gardenias de oro y el reconocimiento público del rector. Esa misma tarde, sin que hubieran vuelto a pedirlos, encontraron en el dormitorio los equipos de buzos en su empaque original. De modo que el miércoles siguiente, mientras los padres veían El último tango en París, llenaron el apartamento hasta la altura de dos brazas, bucearon como tiburones mansos por debajo de los muebles y las camas, y rescataron del fondo de la luz las cosas que durante años se habían perdido en la oscuridad.
En la premiación final los hermanos fueron aclamados como ejemplo para la escuela, y les dieron diplomas de excelencia. Esta vez no tuvieron que pedir nada, porque los padres les preguntaron qué querían. Ellos fueron tan razonables, que sólo quisieron una fiesta en casa para agasajar a los compañeros de curso.
El papá, a solas con su mujer, estaba radiante.
-Es una prueba de madurez -dijo.
-Dios te oiga -dijo la madre.
El miércoles siguiente, mientras los padres veían La Batalla de Argel, la gente que pasó por la Castellana vio una cascada de luz que caía de un viejo edificio escondido entre los árboles. Salía por los balcones, se derramaba a raudales por la fachada, y se encauzó por la gran avenida en un torrente dorado que iluminó la ciudad hasta el Guadarrama.
Llamados de urgencia, los bomberos forzaron la puerta del quinto piso, y encontraron la casa rebosada de luz hasta el techo. El sofá y los sillones forrados en piel de leopardo flotaban en la sala a distintos niveles, entre las botellas del bar y el piano de cola y su mantón de Manila que aleteaba a media agua como una mantarraya de oro. Los utensilios domésticos, en la plenitud de su poesía, volaban con sus propias alas por el cielo de la cocina. Los instrumentos de la banda de guerra, que los niños usaban para bailar, flotaban al garete entre los peces de colores liberados de la pecera de mamá, que eran los únicos que flotaban vivos y felices en la vasta ciénaga iluminada. En el cuarto de baño flotaban los cepillos de dientes de todos, los preservativos de papá, los pomos de cremas y la dentadura de repuesto de mamá, y el televisor de la alcoba principal flotaba de costado, todavía encendido en el último episodio de la película de media noche prohibida para niños.
Al final del corredor, flotando entre dos aguas, Tavo estaba sentado en la popa del bote, aferrado a los remos y con la máscara puesta, buscando el faro del puerto hasta donde le alcanzó el aire de los tanques, y Joel flotaba en la proa buscando todavía la altura de la estrella polar con el sextante, y flotaban por toda la casa sus treinta y siete compañeros de clase, eternizados en el instante de hacer pipí en la maceta de geranios, de cantar el himno de la escuela con la letra cambiada por versos de burla contra el rector, de beberse a escondidas un vaso de brandy de la botella de papá. Pues habían abierto tantas luces al mismo tiempo que la casa se había rebosado, y todo el cuarto año elemental de la escuela de San Julián el Hospitalario se había ahogado en el piso quinto del número 47 del Paseo de la Castellana. En Madrid de España, una ciudad remota de veranos ardientes y vientos helados, sin mar ni río, y cuyos aborígenes de tierra firme nunca fueron maestros en la ciencia de navegar en la luz
Autor; Gustavo Adolfo Crespo León

yaqueline miranda benavides

Escogió su propio destino.
Era una vez una joven quien era cariñosa, amable, comprensiva, y muy tratable. Llamada lucero ella vivía con su madre y su hermano mayor ella tenía 15 años y su hermano 17 años el se llamaba Cristóbal él era un joven irresponsable no le gustaba ayudar en su casa y usaba drogas, su madre llamada sol era una señora muy mayor pues tuvo sus hijos ya de bastante edad su esposo falleció en un accidente cuando lucro apenas tenía dos años; sol trabajaba lavando ropa ajena pues ella no tuvo la oportunidad de estudiar era una familia muy pobre, ella era una persona que le gustaba colaborarle a las demás personas una persona muy humilde. Ellos Vivian en un barrio muy pobre, y a sol lo que ganaba al caso le alcanzaba para la comida de la semana.
Una vez sol tuvo que salir atrabajar más temprano de lo normal, ella iba por el camino pues el barrio en donde vivía  era muy peligroso, cuando iba saliendo del barrio se encontró con unos ladrones ella llevaba las pertenencias de una señora pues se las iba a entregar era ( ropa que tenia para planchar) los ladrones le dijeron que entregara eso que llevaba en las manos o si no la mataban ella asustada y llorando les rogo que no le asieran nada que tuvieran compasión con esa pobre vieja que no tenia para trabajar. Los ladrones enfurecidos le quitaron la bolsa en donde llevaba las cosas y la golpearon hasta dejarla desvalida.
Cuando aclaro más iba  lucero quien se trasladaba  para su colegio y vio a su madre tirada sangrando, arrastrándose para poder pedir ayuda porque ella estaba en un lugar donde casi no se podía ver, lucero la vio y la ayudo rápidamente y pidió ayuda la llevaron a su casa y lucero la ayudo, ella fue donde la señora donde sol le llevaba la ropa planchada fue a explicarle lo que había sucedió por fortuna sol era muy querida por las personas y la señora le dijo que no se preocupara y le ofreció su ayuda, en la noche llego Cristóbal con dinero a la casa y muy contento con ropa nueva lucero sin que su madre se diera cuenta le pregunto a su hermano que de donde había sacado ese dinero? él le dijo que  de su trabajo ella le comento lo que le había pasado a su madre… Cristóbal muy sorprendido se queso pensando pues sus compañeros de trabajo eran los que atracaron a su madre y salió de inmediato a donde sus compañeros de “trabajo” y les pregunto ¿que a quien les robaron las ropa de marca esa que trajeron y vendieron? y los ladrones riendo le dijeron: que de su barrio iba saliendo una vieja con una bolsa de ropa de marca y muy valiosa… el muy desconcertado y enojado les dijo que esa vieja era su madre.
Pasaron las semanas Cristóbal había dejado de salir a robar, pero en cuanto su madre se recupero volvió y salió arrobar de nuevo y a fumar por que ese era su Visio. Mientras que sol estaba en cama, lucero había salido a trabajar para poder llevar dinero a su casa, lucero no encontraba trabajo y ella tenía una amiga llamada clara quien trabajaba en un burdel ella le ofreció ayuda a lucero en ese mismo burdel lucero desesperada por qué no tenia para ayudar en su casa a su madre acepto el trabajo en el burdel, lo que no se espero fue que en ese lugar su vida iba a cambiar para mal. A las primeras semanas ella ganaba buen dinero bailando en los tubos casi desnuda pero poco apoco le tocaba hacer más cosas como desnudarse delante de hombres asolas en un cuarto. Y luego acostarse con ellos; ella llevaba dinero a su casa ya tenía dinero ajuntado y ella ya no quería trabajar más en ese lugar, lo que ella no pregunto al principio era cuales eran las reglas de ese trabajo, las cuales eran que una vez entrara atrabajar no podía salirse y si se salía seria muerta…
Una vez ella le dijo a su supuesta amiga clara que ya no quería seguir allí que estaba arrepentida pues ese trabajo avía acabado con su dignidad y con su vida. Clara una persona ambiciosa que solo pensaba en ella pues le aumentaron el sueldo cuando llevo a trabajar a lucero a ese lugar, le dijo que ella no podía ser nada que después se acostumbraba. Lucero una vez intento escaparse de ese lugar pues le tocaba estar un señor borracho y que pisaba los 50 años.
Lucero escogió un mal camino pues el día que decidió irse de ese lugar recibió una amenaza, que si se iba matarían a su madre y a su hermano ella decidió huir  sin que nadie supiera con su madre pues su hermano estaba desaparecido hace varios días. En la noche lucero con su madre sol decidieron irse a otro país con el dinero que lucero había reunido trabajando en el burdel, ella logro escapar pero pasando dos semanas la localizaron y le dijeron que su hermano Cristóbal estaba muerto y le pasaron unas fotos donde lo confirmaba.
Pasaron dos años y lucero se conoció con un joven muy cariñoso y con un poco de dinero empezaron a salir y lucero se enamoro lo que no sabía ni se imaginaba era  que ese joven lo habían mandado del burdel  para que la mataran, cuando lucero se entero de eso fue cuando a ella la llamo clara y le dijo que tuviera cuidado que ese joven era mandado por esa gente para que acabaran con ella.  Lucero intento nuevamente huir con su madre pero se encontró con una terrible noticia  su madre había muerto pues luego de los golpes que recibió de los ladrones le quedo un tumor y ella no le dijo nada a lucero pues ese tumor la estaba matando lentamente hasta que llego a su fin. Lucero destrozada no sabía qué hacer pues desde los 15 años empezó a vender su cuerpo acostándose con hombre mayores que ella para tener dinero para llevar a su casa, había perdido a su hermano, lo mataron porque ella dejo ese trabajo que por regla cuando entrara a trabajar no podía salir, escapo de su país, su supuesta única amiga la llevo a trabajar en un burdel, conoce a un joven quien ella se enamora pero ese era el hombre equivocado porque él iba era a matarla, cuando ella se entera, se encuentra con que su madre muere. La pobreza la llevo a escoger el camino equivocado no le encontró sentido as u vida enterró a su madre y luego se quito la vida tirándose de un barranco.
FIN.
Autor: Jaqueline miranda Benavides